7 cosas que prometes no volver a hacer cada final de curso

Hay dos tipos de estudiantes en época de exámenes.

Los que dicen que “lo tienen todo bajo control” (mentira piadosa), y los que ya han aceptado que su vida ahora se basa en apuntes, café y una relación emocional bastante intensa con el botón de “posponer alarma”.

Y luego está el momento final de curso.

Ese en el que, entre tema y tema, aparece una versión muy reflexiva de ti mismo que dice cosas como: “el año que viene esto lo hago distinto”.

Lo curioso es que esa versión suena muy convincente, adulta, organizada, pero luego pasa el verano… y bueno, la vida sigue su curso habitual. Pero mientras tanto, estas son algunas de las grandes promesas universales del final de curso.

01.-“El año que viene empiezo desde el principio”

Aparece justo cuando estás intentando entender un tema que claramente no has visto desde el principio. 

En ese momento haces una especie de promesa solemne contigo mismo: el próximo curso serás otra persona. Una persona que empieza el primer día con apuntes limpios, todo subrayado con criterio, y que no necesita vivir la semana previa a exámenes como si fuera una serie de supervivencia.

Te imaginas esa versión tuya muy organizada, muy constante, muy “voy al día”, esa que “tienes superclaro” que vas a ser el próximo curso?

02.-“De verdad, el año que viene no lo dejo para el último momento”

Esta promesa tiene una energía muy específica porque se hace con convicción absoluta, normalmente después de una noche intensa de estudio donde el concepto de “tiempo” ha dejado de tener sentido.

Es el clásico: “esto no me vuelve a pasar”.

El problema es que el “último momento” es un concepto creativo. Empieza siendo “tengo tiempo”, luego “aún no es urgente”, y termina en una relación bastante estrecha con la palabra “mañana”. Y aun así, cada final de curso vuelve la misma frase, como si fuera nueva.

03.-“El año que viene estudio un poco cada día”

Esta es la promesa con mejor intención del ranking: suena razonable, madura, incluso relajante.

Te imaginas una vida universitaria muy equilibrada: un ratito de estudio, un ratito de descanso, todo bajo control. Sin estrés, sin maratones de última hora y por supuesto, sin dramas.

La realidad, por algún motivo, tiende a ser más irregular, con días muy productivos, días de “hoy no puedo más” y días de “mañana empiezo seguro”. Pero la intención siempre es bonita, eso no se pierde nunca.

04.- “Voy a ir a clase siempre”

Esta nace de la culpa.

Aparece en ese momento en el que descubres que los apuntes de otra persona no son exactamente una versión simplificada del temario, sino una especie de idioma propio. Entonces aparece la iluminación: “el año que viene no falto nunca”.

Te imaginas siendo esa persona puntual, constante, con cara de saber lo que está pasando en todo momento. Una versión muy admirable de ti.

Luego llega una mañana de enero, una clase a primera hora y una cama que de repente tiene opiniones muy fuertes (y diferentes) al respecto.

05.-“No me voy a confiar nunca nunca más”

Esta es muy de final de examen.

Cuando sales de uno pensando: “vaya, …era más importante de lo que parecía”. En ese momento haces una promesa muy seria contigo mismo: no volverás a subestimar nada nunca más. Aunque no mucho más tarde se te olvida porque sí, lo cierto es que la memoria académica es selectiva.

Y en cuanto aparece el siguiente tema, ese “que parece fácil”, esa promesa empieza a sonar un poco más flexible.

06.- “El año que viene me organizo de verdad”

Esta suele ir acompañada de una fase muy concreta: la fase agenda nueva.

Es el momento en el que compras una libreta, descargas una app, haces listas, planificas semanas completas y sientes que ahora sí has entendido la vida.

Durante unos días todo funciona sorprendentemente bien. Luego empiezan los pequeños ajustes… y después la improvisación vuelve a ocupar su sitio natural.

En realidad, no es que no sepa organizarle, sabes seguro, pero la universidad tiene una increíble habilidad para desordenar incluso los sistemas más optimistas.

07.- El fenómeno curioso del “yo del año que viene”

Lo más divertido de todo esto no son las promesas en sí, sino la confianza absoluta que tienes en el “yo del futuro”. Ese yo es más disciplinado, más constante, más organizado y claramente más descansado que el actual.

Ese “yo del año que viene” es casi una figura idealizada. Siempre empieza antes, se organiza mejor, estudia con calma y, por alguna razón, nunca vive el nivel de caos de tu “yo del presente”. Vamos, a la perfección absoluta.

Es una versión muy convincente en el momento… aunque luego, cuando llega el nuevo curso, suele quedarse en algo más parecido a una intención que a un plan real.

Epílogo: probablemente el año que viene no será tan distinto (y no pasa nada)

Ya hemos visto que el final de curso tiene una especie de efecto óptico bastante curioso. Cuando estás agotado, aparece una idea muy clara: el año que viene todo va a ser diferente. Pero no diferente en plan “haré pequeños ajustes”. No. Diferente en plan “otra persona completamente nueva”.

Una versión de ti mismo que empieza antes, organiza todo desde el primer día, estudia un poco cada jornada sin drama, no acumula apuntes a última hora y, por supuesto, nunca dice “esto lo veo mañana”.

Es una versión bastante convincente en junio. Incluso diría que inspira cierto respeto, con pinta de tener la vida bastante resuelta.

Pero, ¿qué ocurre? Que esa versión aparece justo en el momento menos fiable del año: cuando estás cansado, saturado y con una ligera tendencia a pensar en el verano sin poder evitarlo. Y claro, en ese estado, cualquier plan futuro suena más fácil de lo que realmente es.

Luego llega septiembre con sus propias ideas.

Empiezan las clases, aparecen los horarios, los primeros trabajos, los grupos de WhatsApp que se activan, las primeras semanas de “este año sí” y, casi sin darte cuenta, vuelves a ese punto intermedio tan familiar donde todo está “bajo control”… más o menos.

La vida universitaria tiene una forma muy eficiente de llenarse de cosas pequeñas, imprevistos, cambios de ritmo y días en los que simplemente haces lo que puedes.

Y esa versión ideal del “yo del año que viene” empieza a mezclarse un poco con la versión real, que es la que estudia con altibajos, organiza como puede y a veces improvisa más de lo que le gustaría admitir.

Y aquí viene lo interesante: no pasa nada, porque estás en un proceso más humano de lo que parece desde fuera.

De hecho, si lo piensas bien, cada final de curso no solo trae cansancio, también trae una especie de resumen mental. Te das cuenta de qué cosas han funcionado, cuáles no tanto, qué te ha desbordado y qué podrías intentar hacer de otra manera.

Y eso, aunque no suene tan épico, tiene su parte buena. Porque el año siguiente no empiezas desde cero, sino con experiencia, aunque no siempre la uses a la primera.

Así que sí, es muy probable que el año que viene no seas radicalmente distinto. Seguirás teniendo tus ritmos, tus momentos de caos, tus fases de organización y tus días de “hoy no doy para más”. Y también seguirás teniendo esos pequeños aprendizajes que, sin darte cuenta, sí van cambiando cómo gestionas todo esto.

Quizá no te conviertas en esa versión perfecta que imaginas en junio. Pero probablemente tampoco lo necesitas.

Con que seas un poco más consciente y un poco más flexible contigo mismo en época de exámenes, ya hay bastante camino recorrido. Y el resto… bueno, el resto probablemente lo volverás a prometer el próximo año.

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