Cuando dudas de lo que estás estudiando (aunque te vaya bien)

Hay una idea muy extendida sobre la universidad: si te va bien, no deberías dudar.

En otras palabras: si apruebas, si sacas buenas notas, si avanzas curso a curso… entonces todo está claro, ¿no? O al menos eso parece desde fuera. Pero la realidad, más veces de lo que piensas, es bastante distinta.

A veces las dudas no aparecen cuando algo va mal, sino justo cuando todo encaja, y eso desconcierta todavía más. Porque no sabes muy bien qué justificar ni cómo explicarlo. 

No hay un suspenso, no hay un fracaso evidente, no hay nada malo que pueda hacer saltar las alarmas. Solo una sensación interna que no termina de callarse y que te hace ver que no lo tienes tan claro.

La expectativa de tenerlo todo claro y “atado”

Antes de empezar la universidad, muchas decisiones se viven como definitivas. Elegir carrera parece marcar el resto de tu vida. Se espera que sepas lo que quieres, que tengas un objetivo y que, una vez dentro, solo se trate de trabajar para conseguirlo.

Durante los primeros meses, incluso el primer año, esa sensación seguramente se mantiene. Piensa que todo es nuevo, estimulante y hay una cierta inercia emocionante que te empuja hacia delante. Pero el tiempo pasa.

Cuando la novedad deja de serlo y el día a día se vuelve más real, empiezan las preguntas que no habías previsto.

Cuando las dudas no tienen una causa clara

No siempre dudas porque algo vaya mal. A veces no hay un motivo concreto que puedas señalar.

Apruebas. Entiendes las asignaturas. Cumples.

Sí, todo esto sobre el papel es muy bonito, pero, aun así, algo no termina de encajar.

El conflicto entre lo que haces y lo que sientes

Este tipo de dudas son silenciosas y eso no es bueno. 

No interrumpen tu rutina, pero están ahí para colarse en momentos tranquilos, conversaciones sueltas o en pensamientos que vuelven una y otra vez.

¿Me veo en ese futuro?

«Lo que estudio, ¿me representa de verdad?«

«¿Elegí yo o solo me dejé llevar por lo que parecía lógico en ese momento?«

Y como desde fuera todo parece ir bien, tienden a restarle importancia y pensar que es una fase, que ya se pasará, que no tiene sentido cuestionarse algo que “funciona”.

Dudar cuando te va bien también incomoda

Estas dudas son incómodas porque no encajan con el relato habitual del éxito. No hay un problema evidente que las justifique, así que cuesta aterrizarlas.

La culpa por no estar seguro

Lo fácil que es caer en la comparación, ¿a qué sí?

Miras a otros compañeros que parecen convencidos, motivados, tan seguros de su camino que solo te queda pensar que el problema eres tú.

Aparece la culpa por no sentirte satisfecho y la sensación de que no tienes derecho a dudar porque “podría ser peor”. Pero las dudas no funcionan así, no aparecen solo cuando algo va mal. A veces, lo hacen cuando empiezas a conocerte mejor, cuando empiezas a madurar.

Cambiar mientras sigues avanzando

La universidad no solo te enseña, además te cambia. 

Cambia tu forma de pensar, tus prioridades, tus intereses y la manera en la que te miras a ti mismo.

No eres la misma persona que eligió esa carrera

Lo que tenía sentido con 17 o 18 años puede no encajar igual unos años después. Y eso no significa que te equivocaste, sino que has crecido. Dudar de tu carrera no siempre es rechazarla, puede ser simplemente que te cuestionas desde un lugar distinto, con la información y la conciencia de quién eres ahora.

Aceptar ese cambio es complicado, sobre todo cuando desde fuera se espera coherencia y continuidad, incluso te la exiges tú mismo.

El miedo a “me equivoqué”

Cuando las dudas se alargan, aparece otra capa: el miedo a equivocarte, a perder tiempo, a decepcionar, a verte en la necesidad de empezar de cero (otra vez).

Seguir por inercia también es una decisión

Muchas veces se sigue adelante no porque haya claridad, sino porque parar parece más arriesgado: implica explicar, justificar, exponerse a opiniones ajenas. Seguir, aunque no estés convencido, puede parecer la opción más segura, pero también es una decisión que tiene impacto emocional.

Darte cuenta de esto no obliga a actuar de inmediato. Pero sí te invita a mirarte con más honestidad.

Vivir estas dudas en una residencia universitaria

Vivir en una residencia añade un detalle importante a todo esto. Estás rodeado de personas que viven procesos similares, pero que quizá los expresan de formas muy distintas.

Compararte es casi inevitable

Ya lo hemos comentado, es superfácil hacerlo, casi sin querer.

Escuchas planes, objetivos, conversaciones sobre el futuro que parecen claras y decididas, y, sin darte cuenta, comparas tu proceso con el de los demás. Esto solo hace que tus dudas se intensifiquen o que las escondas todavía más. Pero convivir también te ofrece algo valioso: perspectiva.

Hablar, compartir, darte cuenta de que no eres el único que se cuestiona cosas, alivia mucho esa sensación de estar solo en el proceso.

Avanzar también es cuestionarte

Quizá el mayor aprendizaje aquí no tenga que ver con la carrera, sino contigo. Con cómo te tratas cuando no tienes certezas ni respuestas claras que avalen tu decisión, cuando no encajas en el relato esperado.

La duda no siempre frena, para nada, de hecho, acompaña y debes acostumbrarte a ella porque señala que estás prestando atención a lo que sientes y a lo que necesitas.

Dudar de lo que estudias, incluso cuando te va bien, no te invalida ni te define mal. Forma parte de un proceso de crecimiento que no siempre es visible desde fuera, pero está ocurriendo.

La universidad no es solo una etapa para obtener un título. También es un momento para entender quién eres, qué quieres y qué no. Y eso, casi nunca, viene con respuestas claras desde el principio.

Publicaciones Similares