Cómo organizarte cuando tienes mil trabajos y cero ganas
Hay semanas en las que parece que todo se acumula: trabajos que entregar, exámenes que preparar, proyectos que avanzan a paso de caracol… y cero ganas de enfrentarte a todo.
Seguro que te suena.
La sensación de agobio es real y puede hacer que pospongas y pospongas tareas hasta que ocurre y el estrés se hace insoportable.
La buena noticia es que organizarte en esos momentos no depende de tener supermotivación, sino que con un “reajuste” puedes conseguir que tu cerebro trabaje a tu favor y recuperar el control que nunca debiste perder.
La importancia de la organización en la universidad
Estudiar en la universidad no es solo aprender teoría o aprobar exámenes, para nada, es mucho más. También es aprender a gestionar tu tiempo y tus responsabilidades.
La organización no es un lujo, es una herramienta que te permite evitar que los trabajos se acumulen y que el estrés te supere.
Cuando sabes qué tienes que hacer y cuándo, no solo rindes más, sino que además te queda espacio para cosas importantes fuera de clase: descanso, amigos, hobbies…, incluso para hacer las cosas “a tu ritmo” sin sentirte culpable.
Organizarte también te ayuda a tomar decisiones más pensadas sobre tus prioridades. No se trata de trabajar más, sino de usar tu energía donde importa. Y lo mejor es que, con sencillos hábitos de planificación, llegas a transformar semanas caóticas en rutinas manejables y, sobre todo, mucho más llevaderas.

¿Y si no te ves capaz de organizarte?
A veces mirar tu lista de “pendientes” da vértigo.
La montaña parece tan grande que incluso pensar en empezar es agotador. Y es normal sentirse así: organizarse cuando estás saturado no siempre sale a la primera.
Lo importante es empezar con pequeños pasos. No hace falta un plan perfecto ni horas infinitas de concentración. Solo con un poco de claridad y algunas estrategias facilitas, puedes recuperar el control y sentir que avanzas, aunque sea despacio.
Lo que cuenta (y cuesta) es romper la inercia y dar los primeros pasos.
01.-Entiende tu caos antes de querer arreglarlo
Antes de abrir agendas o aplicaciones de productividad, tómate un minuto para ver todo lo que tienes pendiente. Así suena obvio, pero a menudo saltamos este paso y solo nos sentimos más superados.
Empieza por algo sencillo, pero eficaz: una lista de todo lo que tienes pendiente, trabajos, exámenes, presentaciones, emails importantes… Todo. Verlo escrito hace que la montaña deje de ser invisible y empiece a sentirse manejable.
Después, clasifica las tareas según urgencia e importancia. No necesitas ser un estratega: solo identifica qué necesita atención inmediata y qué puede esperar un día más. Esto evita dispersarte y te permite concentrarte donde importa.
02.-Rompe la inercia con mini-tareas
Cuando la motivación falta, enfrentar un trabajo grande es imposible. Aquí entran las mini-tareas: dividir un proyecto enorme en pasos pequeños, tanto que resulten manejables.
Por ejemplo, si tienes un trabajo de 10 páginas, en lugar de pensar en “escribir 10 páginas hoy”, puedes empezar con buscar información, hacer un esquema, redactar la introducción, y así, … Cada pequeño avance reduce la ansiedad y genera sensación de progreso.
Con los exámenes funciona igual: en lugar de ver todo el temario, elige un tema y céntrate solo en él. Avanzar en partes pequeñas se siente mucho más llevadero que intentar abarcarlo todo de golpe.

03.-Prioriza sin culpa
Intentar hacer todo a la vez es uno de los errores más comunes y solo aumenta el estrés. Aprender a priorizar es clave, y no significa trabajar más, sino trabajar de manera más pensada.
Una forma sencilla de priorizar es preguntarte: “¿qué pasa si no hago esto hoy?”.
Si la respuesta es que no pasa nada grave, puede esperar. Esto no es procrastinar, sino enfocar tus recursos donde realmente importa. También significa aceptar que no todo saldrá perfecto, porque a veces entregar un trabajo decente a tiempo es mejor que bloquearse intentando alcanzar la perfección. Soltar esa presión libera la mente y facilita organizarse.
04.-Create un plan realista
Con tus tareas clasificadas y divididas, es momento de planificar.
Pero no un plan rígido: uno flexible y adaptado a tu ritmo. Asigna bloques de tiempo concretos, aunque sean cortos. Incluso 25 o 30 minutos de concentración total pueden ser más productivos que horas interminables sin foco. Entre ellos, haz descansos: caminar, estirarte o tomar un café ayuda a recargar energía.
Luego, otra buena costumbre es alternar tareas pesadas con otras más ligeras. Por ejemplo, después de un trabajo de lectura intensa, cambia a algo más mecánico o creativo. Es una manera de evitar la fatiga mental y mantener la sensación de avance.

05.-Gestiona tu energía, no solo tu tiempo
Organizarte no es solo marcar horarios; también es conocer tus niveles de energía. Todos tenemos momentos del día en los que funcionamos mejor, y aprovechar esos picos para tareas complejas para dejar lo rutinario para los bajones hace que estudiar sea más eficiente.
Además, hay pequeños hábitos que no debes dejar de lado nunca: dormir bien, hidratarte y comer equilibrado tienen un impacto directo en tu concentración. Ignorar esto suele ser la verdadera causa del “cero ganas”.
06.-Evita el efecto bola de nieve
Un pequeño retraso es fácil que llegue a convertirse en un efecto bola de nieve: un trabajo atrasado genera ansiedad, porque retrasa el siguiente… y así sucesivamente. Sin darte cuenta, se te han acumulado varias tareas (que empiezan a correr prisa) y a las que no puedes hacer frente.
La clave es actuar aunque no tengas ganas.
Incluso un paso pequeño rompe el bloqueo y genera impulso para continuar. Redactar un párrafo, hacer un esquema o leer unas páginas ya es suficiente para sentir que avanzas. Y eso te hace continuar.
07.-Pide ayuda (no pasa nada) y usa recursos
No tienes que hacerlo todo solo.
Compartir tus preocupaciones con compañeros, tutores o amigos alivia la carga y te da perspectiva. A veces alguien puede aclararte un punto complicado o darte un truco práctico que ahorra horas de trabajo.
No olvides que tienes también herramientas que facilitan la organización: apps de listas o gestión, calendarios digitales, temporizadores… Lo importante es elegir una que funcione para ti y usarla de manera consistente.
Ojo con esto: no es necesario que las sepas usar todas o que utilices las que te aconsejan, debes dar con la tuya, la que te sirve a ti y que te ayuda. Estas herramientas tienen que quitarte presión, no aumentarla.

Celebra cada avance (sea grande o pequeño)
Este paso no se hace mucho y es un error.
Cuando ya no puedes más y estás a punto de romperte, te fijas en lo que te falta, para olvidarte en todo eso que ya has logrado.
Reconocer el progreso, aunque sean pasos pequeños, refuerza la motivación y hace que seguir adelante sea más fácil.
No necesitas recompensas grandes, basta con tomarte un rato para ti, tomar un té o dar un paseo corto es suficiente para premiar a tu cerebro y recargar energía.
Con todo esto, los días difíciles siguen existiendo, pero aprenderás a enfrentarlos sin agotarte y con la certeza de que puedes con todo, paso a paso. Y una cosa más, los días malos, como lamentablemente los buenos, tienen principio y fin. Si ves que no puedes más, descansa, que al día siguiente lo verás todo de otra manera.
