Todo lo que prometes hacer en verano… y llega el calor
El verano siempre empieza cargado de buenas intenciones. Basta con terminar el último examen, entregar el último trabajo o cerrar el ordenador el último día de prácticas para sentir que, por fin, tenemos tiempo para hacer TODO lo que hemos ido aplazando durante el curso.
De repente, estamos convencidos de que leeremos más, haremos ejercicio, aprenderemos un idioma, pondremos orden en la habitación y volveremos en septiembre siendo personas mucho más organizadas y productivas.
El plan parece perfecto, hasta que el calor lo lleva al traste.
Esos planes que hacemos todos los veranos… y que siempre acaban igual
Hay algo casi entrañable en repetir los mismos propósitos año tras año.
Sabemos que es probable que no los cumplamos todos, pero aun así volvemos a hacer la lista con el mismo entusiasmo. Quizá porque el verano nos da la sensación de empezar de cero o porque, después de meses de prisas, creemos que por fin tendremos tiempo para todo.
La realidad, como suele ocurrir, es bastante diferente. Pero lo mejor es que casi todos compartimos las mismas “promesas”

Ese libro que dabas por seguro terminar, al fin
Hay libros que llevan años esperando pacientemente su oportunidad.
Durante el curso siempre pensamos lo mismo: «Cuando llegue el verano tendré tiempo de sobra para leer.»
Y llega. Buscas el sitio perfecto, preparas una bebida fría, encuentras un rincón tranquilo y empiezas a leer con toda la tranquilidad del mundo. Tres capítulos después, el sueño gana la partida. O alguien propone salir a tomar algo. O decides que, en realidad, cinco minutos mirando el móvil tampoco hacen daño.
El libro vuelve a quedarse sobre la mesa, con el marcapáginas exactamente donde estaba hace varios días. Eso sí, sigue formando parte del plan.
El gimnasio al que ibas a ir «todos los días»
Cada verano nos convencemos de que ha llegado el momento de recuperar la forma. Durante el curso siempre encontramos una excusa razonable: las clases, los trabajos, los exámenes o las prácticas. Pero en julio y agosto ya no hay escapatoria: sí hay tiempo.
Hasta que aparece el calor.
Salir a correr a las cuatro de la tarde deja de ser una buena idea cuando el aire quema más que refresca. Ir andando al gimnasio ya supone hacer suficiente ejercicio como para plantearse volver directamente a casa, y cualquier actividad física empieza con una negociación contigo mismo: «Hoy hace demasiado calor, mañana seguro que se está mejor».
Y así un día y otro y otro, … Y, aun así, cada verano lo empezamos con la ingenua idea de que será diferente.

La habitación que, esta vez sí, ibas a ordenar
Ese cajón, ese armario o ese rincón de la habitación que lleva demasiado tiempo esperando una limpieza a fondo y que durante el curso lo ves y piensas: “Cuando acabe las clases sí voy a dejarlo todo organizado».
Han acabado y lo que no has hecho, ¿a que no? Porque lo que empezó siendo una tarea sencilla acabó convirtiéndose en una auténtica expedición arqueológica.
Aparecen apuntes de asignaturas que ni recordabas haber cursado, entradas de conciertos, monedas que no sabes de dónde salieron, un cargador que ya no pertenece a ningún dispositivo y esa camiseta que llevabas semanas buscando.
Lo gracioso es que el proceso sigue siempre el mismo orden.
- Empiezas recogiendo.
- Después empiezas a recordar.
- Luego decides probarte ropa.
Al final terminas sentado en el suelo viendo fotografías antiguas mientras la habitación parece haber sufrido un pequeño terremoto.
Técnicamente, has avanzado poco, pero míralo así: has pasado una tarde bastante entretenida.
El idioma que ibas a dominar antes de septiembre
Aprender un idioma siempre ocupa un lugar privilegiado en la lista de propósitos del verano.
Las primeras semanas todo funciona de maravilla. Descargas una aplicación, completas las primeras lecciones y hasta imaginas que en septiembre podrás mantener conversaciones con bastante soltura.
Después llega la vida.
Una escapada improvisada, una tarde de piscina, una comida familiar, una serie nueva o simplemente las ganas de no hacer absolutamente nada. Cuando vuelves a abrir la aplicación, hace tantos días que no entras que parece haberse preocupado más por ti que algunos amigos.
Y, aun así, prometes recuperar la racha. Porque otra de las tradiciones del verano consiste en pensar que todavía queda muchísimo tiempo, incluso cuando agosto ya está a la vuelta de la esquina.
Los mejores planes nunca estaban escritos
Cuando termina el verano, casi nunca recordamos las cosas que aparecían en aquella lista. No solemos pensar en el día que no fuimos al gimnasio o en las páginas que se quedaron sin leer.
Lo que permanece son otros momentos mucho más sencillos: esos ratos con amigos, esa conversación que empezó diciendo «cinco minutos» y terminó varias horas después o aquella escapada improvisada porque alguien dijo: «¿Y si vamos?».

O incluso esos días en los que no pasó absolutamente nada… y precisamente por eso fueron tan necesarios.
Está muy bien marcarse objetivos y aprovechar el tiempo libre para hacer cosas que durante el curso resultan imposibles. Pero quizá el verano no sea una competición para ver cuántos propósitos conseguimos tachar antes de septiembre.
También puede ser el momento de bajar el ritmo, descansar, improvisar y dejar espacio para esos planes que nunca aparecen en una agenda, pero que acaban convirtiéndose en los mejores recuerdos.
Así que, si al terminar las vacaciones descubres que no has aprendido japonés, no has leído doce libros, la habitación sigue teniendo ese famoso cajón pendiente y el gimnasio apenas te ha visto un par de veces, no pasa nada.
No has desaprovechado el verano, tan solo has tenido un verano bastante normal. Y eso tampoco está nada mal.
